Aquí deberían acabar estas memorias, ya que habiendo dejado España en esa etapa de la guerra, dejé de verla con mis propios ojos. Sin embargo he reunido desde ese tiempo, durante una estancia de un año en Inglaterra, material que no podía entonces conseguirse en Europa continental y me permití añadir a mi narración lo relativo a la campaña de Portugal; obra maestra de una defensa a la vez militar y nacional.
Luego de la campaña de Austria y que se concluyera con la paz de Viena de 1809, Francia se vió libre de toda guerra en el Norte. Europa entera creyó una vez más que España y Portugal iban a sucumbir al empuje de las enormes fuerzas de las que el emperador Napoleón podía disponer. Él mismo, vencedor, había anunciado que iba a echar a los ingleses de la península y que se verían, antes de un año, sus águilas triunfantes plantadas sobre las fortalezas de Lisboa. Había enviado poderosos refuerzos a España para invadir Portugal.
El ejército francés destinado a esta invasión constaba de 80.000 hombres comandados por el mariscal Massena y estaba dividido en tres cuerpos, a las órdenes del mariscal Ney y los generales Junot y Reynier. Los dos primeros se habían unido en las inmediaciones de Salamanca, ocupando la zona entre el Duero y el Tajo. El tercero, el del general Reynier, estaba en Extremadura frente a la frontera del Alentejo, su ala derecha comunicaba en Alcántara con la izquierda del cuerpo del mariscal Ney. Un cuarto cuerpo de reserva se ensamblaba en Valladolid, bajo las órdenes del general Drouet, para reforzar o sostener el ejército invasor en caso de necesidad.
El ejército de lord Wellington, que se oponía al de Massena, constaba de 30.000 ingleses y 30.000 portugueses. La regencia de Portugal tenía, además, 15.000 soldados regulares armados, y diversos cuerpos volantes, comandados por oficiales, bien nativos o bien ingleses, además de levas masivas, conocidas bajo el nombre de "Ordenanças", que los ingleses estimaban solamente en 45.000 hombres, pero que, en caso de invasión, se podían considerar como toda la población con armas de Portugal. Estaban animados contra los franceses por el patriotismo, la ira, la venganza y por la memoria de todos los males que habían sufrido los dos años anteriores, durante la expedición de los mariscales Junot y Soult, por muy infructuosas que hubieran sido.
Las indisciplinadas bandas de paisanos hacían males incalculables a los franceses cuando combatían para defender sus hogares y en las gargantas de las montañas, donde tenían una gran superioridad por su número y por el conocimiento de los lugares; pero se volvían inútiles fuera de sus regiones. Por este motivo, el ejército regular anglo-portugués de Lord Wellington no se alejaba, a pesar de las provocaciones de los franceses, de la línea defensiva que ocupaba sobre la fronteras de Portugal al Norte y en el Tajo medio. El general inglés temía, por otro lado, librar una batalla campal en las llanuras de la provincia de Salamanca, donde sus enemigos podían desplegar una caballería formidable y numerosa.
Luego de la toma de Ciudad Rodrigo, los franceses pasaron el Coa rechazaron los puestos de avanzada ingleses, rodearon Almeida, plaza fronteriza de Portugal y se apoderaron de ella el 27 de Agosto, por capitulación, luego de trece días de abrir trincheras.
El cuerpo del general Reynier abandona la Extremadura española , atraviesa el Tajo en Alcántara y se reúne con los otros dos cuerpos en las cercanías de Almeida. El cuerpo de los ingleses que se oponía al del general Reynier, hacia Elvas y Portalegre, mediante un movimiento correspondiente cruzó el Tajo en Vila-Velha y el ejército completo de Lord Wellington se retiró por la orilla izquierda del Mondego a la posición inexpugnable de la Sierra de Murcella, detrás del Alva.
El ejército francés abandona el 15 de Septiembre los alrededores de Almeida, entra en los días siguientes por el valle que riega el Mondego, atraviesa ese río en Celorico, y lo vuelve a pasar luego por el puente de Fornos. El mariscal Massena dirige su ejército hacia la ribera derecha del Mondego, con la intención de apoderarse mediante una marcha rápida de la ciudad de Coimbra, que el creía que los ingleses que se retiraban por la ribera opuesta dejaran al descubierto.
Los franceses llegaron el 21 a Viseu, donde fueron forzados a detenerse dos días completos para esperar a su artillería, la cual se había demorado por las dificultades que ofrecían los caminos y por los ataques de las milicias portuguesas. El 24, su vanguardia se encontró con la vanguardia de los ingleses apostada sobre la orilla opuesta del Dao, y los echaron, luego de haber reparado los puentes que habían sido rotos. Lord Wellington había hecho volver a pasar rápidamente su ejército desde la orilla izquierda a la derecha del Mondego, para defender los desfiladeros de las montañas que se atraviesan para llegar a Coimbra. Sólo había dejado una brigada de infantería y una división de caballería en la posición anterior de Sierra de Murcella.
Los cuerpos franceses llegaron sucesivamente los días 25 y 26 al pie de la sierra de Busaco, donde encontraron las cumbres ocupadas por el ejército anglo-portugués. El 27 a las seis de la mañana marcharon en columna contra la derecha y el centro de sus ejércitos por las dos vías que llevaban a Coimbra, por la villa de San Antonio de Cantaro y por el convento de Busaco. Estos caminos estaban cortados en diferentes partes y defendidos por artillería. La montaña por la cual pasaban, por otro lado, estaba erizada por rocas escarpadas y es de acceso muy dificultoso.
La columna francesa , que atacaba la derecha de los ingleses, avanzó con intrepidez, a pesar del fuego de su artillería y de sus tropas ligeras; alcanzó la cima de la montaña, luego de pérdidas considerables, comenzó a alinearse , con una gran sangre fría y con la más perfecta regularidad, cuando fué atacada nuevamente por fuerzas superiores y forzada a retirarse. Se reorganizó con presteza , hizo un segundo ataque y fué nuevamente repelida. Los batallones franceses que avanzaban contra el convento de Busaco, donde se encontraban el centro y la derecha de las fuerzas inglesas, fueron también rechazados justo cuando iban a alcanzar ese punto, dejando al general Simon, que había sido alcanzado por dos balas durante la carga, y un buen número de oficiales y soldados heridos.
Los ingleses y los portugueses ocupaban en la cima de las montañas una posición que formaba un arco de círculo entre cuyos extremos se contenía el terreno sobre el que avanzaban los franceses. El ejército enemigo podía ver los menores movimientos de los franceses desde arriba y tenía tiempo de tomar las contramedidas necesarias y reunir fuerzas para atajarlos. Esta circunstancia contribuyó a la ventaja que obtuvieron. Los franceses perdieron 1800 hombres en su ataque y tuvieron cerca de 3.000 heridos. Los ingleses y portugueses sólo tuvieron 1.235 hombres fuera de combate.
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Mapa de situación:
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