Volví al pueblo de Medellín un poco antes de la noche. Los carros de munición rotos y los cañones abandonados con sus tiros de mulas, señalaban ahora la posición que había ocupado el ejército español. El silencio y la calma habían sucedido a la actividad de la batalla y los gritos de victoria. En la planicie sólo se oían los quejidos de los heridos y los murmullos de los moribundos alzando sus cabezas para orar a Dios y a la Virgen Maria. Vimos también los caballos heridos que tenían sus piernas rotas por los balazos, sin poderse mover del sitio donde dentro de poco morirían, ignorantes de la muerte, impasibles sobre el futuro, pastando en la hierba hasta donde sus cuellos les permitían alcanzar.
Los franceses no llegaron a perder 4.000 hombres en combate. Los españoles tuvieron 12.000 muertos y perdieron 19 cañones. Hicimos de siete a ocho mil prisioneros de los cuales apenas 2.000 llegaron a Madrid. Encontraban muchas oportunidades de escapar en su propio país.
Los habitantes de las villas y poblados se reunían en grandes cantidades en su camino para distraer la atención de sus escoltas franceses. Dejaban las puertas de sus casas abiertas y los prisioneros se mezclaban con ellos cuando pasaban y corrían a las casas, cerrando las puertas para salvarse. Nuestros soldados se habían humanizado luego de la batalla y se dejaron llevar por esas prácticas, a pesar de haber órdenes estrictas en ese sentido.
Los prisioneros españoles decían en su lengua y suspirando a la vista de una villa lejana " Señor soldado esa es nuestra villa natal, allí están nuestras mujeres e hijos, ¿pasaremos tan cerca sin volverlos a ver? ¿Llegaremos a Francia?" El granadero respondía, afectando rudeza , " Si intentas escapar te disparo, esas son mis órdenes, pero no veo bien detrás mío". Marchaba entonces adelante y los prisioneros se iban a los campos y pronto se reunían a sus ejércitos.
Una partida de nuestro regimiento quedó en Mingabril, el campo de batalla de Medellin, cerca del sitio donde el enfrentamiento había sido más duro. Vivíamos en medio de los cadáveres y veíamos elevarse continuamente por el aire los negros y espesos vapores que , empujados por los vientos, esparcían la pestilencia por los alrededores. Las numerosas manadas de la Mesta que habían venido ,según era usual, a hibernar a las orillas del Guadiana huyeron horrorizadas de sus pastos acostumbrados. Sus voces lúgubres y los largos aullidos de los perros que las escoltaban, indicaban el instinto vago de terror que los agitaba.
Miles de inmensos buitres habían venido de todas partes de España a estos vastos y silenciosos campos de muerte. Apostados en elevaciones y vistos a la distancia contra el horizonte, parecían tan grandes como personas. Nuestros centinelas marchaban hacia ellos para reconocer, confundiéndolos con enemigos. No abandonaban sus cadáveres humanos cuando nos acercábamos hasta que estábamos a pocos pasos de ellos. Entonces los fúnebres batidos de alas resonaban de trecho en trecho sobre nuestras cabezas.
El 27 de Marzo, dos días antes de la batalla de Medellin o Merida, el general Sebastiani derrotó totalmente al ejército español destinado a guardar los pasos de Sierra Morena , cerca de Ciudad Real, en la Mancha. Esta victoria , junto con la que habíamos tenido en Medellín, había llevado la consternación a toda Andalucía.
El gobierno español no se dejó abatir por esos dos grandes reveses. Como el senado romano que , luego de la derrota en Cannas, agradeció a Varo , porque no había desesperado de la salvación de Roma, la Junta Suprema de Sevilla declaró, por decreto, que Cuesta y su ejército eran dignos de su patria, y los premiaron con la misma recompensa que si hubiesen sido vencedores. En tales circunstancias desesperadas, culpar a Cuesta y su ejército habría sido igual a reconocerse conquistados. Quince días después de los hechos de Medellín, el ejército español se había recuperado de sus pérdidas y había reunido cerca de 30000 hombres que ocupaban los pasos de montaña delante nuestro.
El general Sebastiani no avanzó más por La Mancha que hasta Santa Cruz de la Mudella y nuestras divisiones estaban acuarteladas entre el Tajo y el Guadiana. No osamos avanzar muy lejos de este último río, por temor a dejar expuesta nuestra única comunicación con Madrid, el puente de Almarez, a los nuevos grupos de españoles que estaban listos para formarse a nuestra retaguardia. Suponíamos además, luego de largo tiempo sin recibir noticia alguna del ejército del mariscal Soult, que debía estar entrando en Portugal y que con él tendriamos que reunirnos y cooperar por nuestra ala derecha.
Los cuerpos del ejército francés no habían obtenido al Norte de la península un éxito parecido al que habíamos obtenido, por la superioridad de nuestra disciplina, en las planicies de Extremadura y La Mancha. Las tropas al mando de los mariscales Soult y Ney habían tenido que luchar en montañas difíciles, donde los habitantes podían desbaratar, por el conocimiento de los lugares, su actividad y su número, los cálculos de la ciencia militar y la experiencia consumada de dos de los más renombrados de nuestros jefes.
Luego de la retirada del general Moore y la capitulación de Coruña y Ferrol en el mes de Enero, el mariscal Soult se había dirigido a Portugal a través de Santiago , Vigo y Tuy, pero su ejército, no habiendo podido cruzar el Miño cerca de su desembocadura, bajo fuego de las fortalezas de la ribera opuesta, pertenecientes a los portugueses, se dirigió río arriba hasta Orense, donde atravesó el Miño el 6 de Marzo, el 7 derrotó completamente al ejército del Marqués de La Romana arrojando sus remanentes a las alturas montañosas cerca de Puebla de Sanabria.
El 13 sitió Chaves, villa fronteriza de Portugal y la tomó por capitulación. El 19 entró en Braga después de haber forzado el desfiladero de Carvalho d'Este, una de las mejores fortificaciones de Portugal. Al fin, el 29 de Marzo, Oporto, defendida por un campo atrincherado y por 270 cañones , fue tomada por asalto por el cuerpo del mariscal Soult y la vanguardia de este cuerpo pasó el Duero y procedió al Vouga, a cuarenta y cinco leguas de Lisboa.
Apenas los franceses habían tomado Oporto cuando los destacamentos que habían dejado a retaguardia para sostener las comunicaciones y tomar posesión del país fueron tomados en todas partes.
Las tropas portuguesas en la fortaleza de Caminha, en la desembocadura del Miño, habían cruzado el río desde el 10 de Marzo y se habían reunido a un número considerable de soldados españoles de marina y de habitantes de la costa de Galicia, que se habían levantado en armas bajo las advocaciones de sus sacerdotes, habían fortificado el puente de San Paio, contra los franceses que pudieran venir de Santiago y se habían apoderado por capitulación de los pueblos de Vigo y Tui, donde el mariscal Soult había dejado guarniciones, los depósitos y los almacenes de su ejército. Chaves fue también retomada el 21 de Marzo por el general portugués Francisco Silveira, que se había retirado primero a Vilha-Pouca al acercarse los franceses, este general se desplaza, luego de la toma de Chaves , a Amarante en el Tamega para guardar esa fuerte posición, desde donde podía amenazar la retaguardia y los destacamentos dejados en Oporto.
El 30 de Marzo, La Romana descendió de las montañas de Puebla de Sanabria con varios miles de hombres, los restos de su ejército vencido, y desplazándose a Ponferrada hace prisionero un pequeño número de franceses, encuentra municiones y provisiones, además de un cañon de 12 libras dañado, lo hace reparar, cruza la ruta de Castilla y se adueña, con la ayuda de ese cañón, de Villa-Franca, donde hizo prisionera a la guarnición de 800 hombres. El revuelo que este pequeño éxito de su ejército provocó, se engrandeció como una bola de nieve que baja por la montaña y produce una avalancha. La Romana forzó al mariscal Ney a abandonar el Bierzo para concentrar sus tropas en Lugo. Luego se desplazó a Asturias, a la cual levanta en armas igual que hizo con Galicia.
Los dos ejércitos franceses de Galicia y Portugal, privados de todo medio de comunicación, quedaron así totalmente aislados entre ellos y , separados de los demás ejércitos de la península, no pudieron asistirse entre sí ni cooperar en el conjunto de operaciones de la guerra y se involucraron desde ese momento en una serie de actuaciones parciales sin resultado.
El mariscal Ney en vano intentó someter Galicia por el terror de las armas. Las medidas violentas, lejos de abatir a los habitantes, sólo incrementaron el odio contra los franceses y , cosa que pasa siempre en un país con patriotismo, las medidas violentas originaban represalias más violentas aún.
Escuadrones, batallones enteros, fueron degollados por los paisanos en el espacio de una noche. Setecientos prisioneros franceses fueron ahogados en el Miño por orden de don Pedro Barrios, gobernador de Galicia por la junta y la furia de los habitantes, lejos de aminorarse , aumentaba de día en día ante la debilidad creciente del ejército francés.
Los habitantes de Portugal se levantaron en masa como habían hecho los de Galicia, y los portugueses oponían a los franceses 12000 soldados de linea y 70000 milicianos. El mariscal Soult no podía , con 22000 hombres , mantener control del país a su retaguardia y avanzar hacia Lisboa . No obstante permaneció mas de 40 días en Oporto tratando en vano de someter los habitantes y de restablecer las comunicaciones. No había recibido , por varios meses, ni órdenes ni refuerzos. Sin embargo no quiso hacer, a pesar de su peligrosa situación, un movimiento de retirada, temiendo perjudicar a los otros cuerpos del ejército francés de los cuales ignoraba totalmente sus posiciones. El 2 de Mayo, al fin, resolvió que la división del general Loisson tomara el puente sobre el Támega, preparando su retirada de Portugal por la ruta de Braganza.
Entretanto los destacamentos franceses en el Vouga fueron atacados el 10 de Mayo por los ingleses, que pasaron el Duero el día siguiente. El ejército inglés, que había vuelto a Portugal luego de la retirada del general Moore, estaba reducido a 15000 hombres, no se había aventurado a desembarcar su carga pesada, se mantenían dispuestos a reembarcar al primer acercamiento de los franceses. El 4 y el 22 de Abril recibieron considerables refuerzos y cuando se dirigieron a Oporto tenían cerca de 23000 hombres.
Los franceses dejaron esa ciudad el día 12 de Mayo, y su retaguardia tuvo un encuentro con la vanguardia de los ingleses. Las divisiones del mariscal Soult eran perseguidas por tres ejércitos: el del general S. A. Wellesley, que nunca perdía de vista la retaguardia francesa, el ejército anglo-portugués del general Beresford que iba por el camino de Lamego y Amarante a Chaves, avanzando a varias marchas por delante y a la derecha del mariscal Soult y el ejército portugués del general Francisco Silveira, adelantado a los dos primeros a fin de cortar los pasos de Ruivaes, entre Salamonde y Montealegre.
El mariscal Soult, hallando la ruta de Chaves ocupada por el mariscal Beresford, concentró rápidamente su ejército en Braga y se dirigió a Orense por los caminos de las montañas, atravesando más de sesenta leguas de territorio insurgente sin haber tenido otras pérdidas que aquellas de su carga pesada y su artillería que destruyó el mismo en pasajes impracticables. Los ingleses no siguieron más que hasta Montalegre y Chaves, retornando rápidamente hacia el Tajo en los alrededores de Lisboa.
El mariscal Soult llegó el 22 de Mayo a Lugo, en Galicia,liberó la guarnición de esa ciudad, que estaba asediada por los españoles y se puso en comunicación con el mariscal Ney que venía de una expedición contra Oviedo, en Asturias. Poco después retomó la ofensiva contra el ejército del marqués de La Romana, al cual persiguió sin éxito, por Monforte, Ponferrada, Bollo y Viana . Procedió entonces por Puebla de Sanabria a Zamora, abandonando Galicia con la intención de seguir el movimiento que , a su parecer, los ingleses estaban haciendo hacia el Tajo en Extremadura , contra el ejército del mariscal Victor.
Luego de la partida del mariscal Soult, el mariscal Ney fue forzado a retirarse al reino de León. Su ejército no pudo establecerse en ningún punto de Galicia ni de Asturias de forma duradera, habiendo sido constantemente impedido por los habitantes de los pueblos y por las numerosas tropas de paisanos armados que eran imposibles de someter porque su número se incrementaba cada día.
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